Terremoto

Anoche estuve viendo Comando Actualidad, que era monográfico sobre el terremoto de Lorca. No vi más allá de la primera media hora, la que recogía impresiones de vecinos, técnicos y UMEs y las imágenes más impactantes de los edificios más afectados, históricos por un lado y de viviendas por otro, algunos más antiguos y otros relativamente modernos: todos afectados. Viéndolo recordé los años de carrera, cuando nos contaban lo que se debía y, sobre todo, lo que no se debía hacer. Me llamaron la tención dos cosas. La primera es que ninguna de las dos reporteras del programa llevaban casco, ni cuando grababan en la calle ni cuando lo hacían dentro de los edificios. Pero ni ellas ni los militares de la UME con los que charlaban. Estos iban edificio por edificio revisando estructura y acabados y terminaban la visita marcando con un spray de color en el portal el estado del inmueble, de una forma fácil y sencilla, como la que yo uso para clasificar las celdas de mis exceles, a lo semáforo: verde bien, amarillo regular y rojo fatal. Los militares llevaban la boina de su uniforme pero tampoco llevaban casco, al menos no los que salieron en imagen. Sí lo vestían un grupo de “técnicos multidisciplinares” con los que se cruzó una de las reporteras. La acompañó una colega aparejadora para enseñarle varias patologías de varios edificios y llegar a la conclusión a la que llega cualquiera sin ser “técnico multidisciplinar”: se ha construido mal, muy mal; un terremoto de 5 no puede tirar abajo edificios de estructura de hormigón relativamente jóvenes. En uno de los que apareció en pantalla solo quedaban tres o cuatro forjados, apilados uno encima de otro, a modo de tres o cuatro rebanadas de pan de molde, aplastando entre ellos todo lo que antes configuraba los soportes, la tabiquería, las fachadas y el amueblamiento interior. No daba la sensación de ser el país que se autodenominaba “la octava potencia del mundo” cuando se construyeron muchas de esas edificaciones. Lo segundo más llamativo era el orgullo, rayano con la pedantería, de aquellos cuyas casas no habían sido afectadas por el terremoto, como si de eso se desprendiera que ellos son mejores que los demás, que compraron con criterio; para mi opinión simplemente tuvieron fortuna al adquirir su vivienda en la ruleta de la suerte que supone y suponía comprarse un piso. Si nunca hubiera habido un terremoto sus casas hubieran sido igual de buenas, o de malas, que cualquier otra. Especial mención hago a una señora que presumía de casa intacta, con 300 años de antigüedad. Simplemente defendía que antes se construía mejor, no que su casa lo fuera. Con independencia del año de construcción, lo más importante que merece un edificio (o un coche o una amistad) es su mantenimiento en el tiempo. Algunas de esas iglesias que se vinieron abajo en Lorca, y gran parte de sus edifcios, no lo hubieran hecho si se hubieran mantenido correctamente. Sirva este terremoto para advertirnos de que dentro de veinte o treinta años, si no menos, y sin necesidad de terremotos, muchos edificios construidos en tiempo y con beneficios record sufriran alguna de estas patologías. Tendremos entonces una nueva burbuja, la de la rehabilitación y el mantenimiento, que será necesaria si no queremos encontrarnos con un parque de viviendas en semi-ruina.

Soria

Nunca había pisado la provincia de Soria. Los neumáticos del alfita sí habían tenido contacto con ella, A2 mediante, pero mis pies no la habían pisado nunca. Hasta el viernes pasado, cuando llegué a Ucero, un coqueto pueblo al norte de El Burgo de Osma, donde arranca el cañón del río Lobos, un pequeño río que año tras año ha ido abriendo un cañón de dimensiones considerables. El sábado por la tarde lo recorrimos andando hasta llegar a la ermita de San Bartolomé y la cueva, mientras los buitres sobrevolaban nuesras cabezas. En la Edad del Bronce ya habitaban allí nuestros antepasados, pero sus descendientes sólo van de visita rural. Durante la mañana habíamos subido a la Laguna Negra. Ascendimos en coche hasta la cota máxima permitida y de allí, siguiendo las huellas de todos aquellos que nos precedían, llegamos, pisando nieve y hielo, hasta la laguna. Lo de “negra” es un decir. Por un lado la superficie del agua lucía una considerable capa de nieve y hielo de más de 10 centímetros. Por otro lado las paredes circundantes también nevadas, lucían poca negrura. Y para terminar, sobre el blanco inmaculado de la nieve, se veían un sinfín de puntos de colores, uno por cada forro polar colorido de cada uno de los numerosos visitantes que nos acompañaban. El domingo entre chaparrones visitamos El Burgo de Osma. Llovía, pero apenas nos mojamos porque la configuración porticada de sus calles nos permitió movernos con soltura sin tener casi que pisar zonas descubiertas. Expliqué así a mis acompañanates el sentido de los soportales de las ciudades, principalmente castellanas, que la mayoría cree estético. Y tras zamparnos un solomillo de la tierra regresamos a la ciudad. Una provincia más tachada en el mapa.

Primavera

Ayer domingo, último día del invierno, aparqué el coche en la calle Claudio Coello y eché a andar calle abajo camino del parque de El Retiro. Apenas diez pasos después decidí que estaba siendo un atrevido yendo simplemente con una camiseta de manga corta y un jersey de punto fino, así que di la vuelta y cogí del coche la cazadora, que había dejado en el maletero pensando que no me haría falta. El sol calentaba, pero esos pasos por la acera en sombra me hicieron dudar. Doblé la cazadora en cuatro y la metí entre el semanal y el diario que llevaba en la mano, por si la acababa necesitando. Diez minutos más tarde, tras cruzar el subterráneo de la calle Alcalá y llegar al lateral del embarcadero del estanque, ya me sobraba la cazadora, que seguía doblada entre el periódico bajo mi brazo, el jersey de punto fino y casi hasta los vaqueros. La primavera había llegado a Madrid. Y la gente lo sabía, porque inundaba cada rincón del parque, sus paseos, sus plazas, el embarcadero, el Palacio de Cristal, las terrazas y cualquier trocito verde donde calentara el sol. El paseo de coches parecía un domingo de Feria del Libro, pero sin casetas. Hordas de gente montadas en bicicletas y patines se mezclaban con familias de domingo, corredores entrenando y toda suerte de personajes. Se hacía difícil andar por allí y huir a la vez del sol, pero finalmente, después de zigzaguear un poco acabamos en el Bosque de los Ausentes. Allí había menos gente y menos bullicio, y más bancos vacíos y más sombras en los alrededores, así que acampamos para leer la prensa y darnos un descanso entre el gentío. Una hora después abandonábamos el parque buscando algún sitio donde comer antes de volver a casa. Anoche, antes de meterme en la cama comprobé como una marca roja surcaba mi nuca y mi cuello, diferenciando las partes que habían estado expuestas al sol de las protegidas; y como mi cara tenía un tono rojizo que hoy se ha convertido en un coloreo moreno. Pero por desgracia, aunque la primavera astronómica ya esté entre nosotros, la meteorológica parece que va a tardar en venir para quedarse. Y es una pena, porque tras muchos fines de semana de nublados, lluvias y frío, lo de ayer fue un día extraordinario en medio de este largo, larguísimo trimestre cuatrimestre inicial del año, que queremos que se repita pronto y de contínuo.

20 años

El tren salía de la estación de Chamartín a eso de las nueve de la noche, compuesto por una máquina tractora y seis coches-cama, con diez compartimentos por coche y seis literas en cada compartimento. Habíamos llegado allí en autocares y ahora ocupábamos los coches del tren. Los dos primeros y algo más de la mitad del tercero iban llenos de chicos y los otros tres coches y pico de chicas, ordenados por el mismo orden alfabético que seguían nuestros cursos, de la A a la M. Aquella era la primera excursión del Bachillerato y no era una excursión convencional. Para empezar se hacía en tren, que arrancaba de Chamartín y enfilaba dirección sur para llegar a Sevilla a las 8 de la mañana del día siguiente, lunes 11 de marzo de 1991. El día se pasaba en Sevilla, visitando (las obras de) la Expo, un recorrido en autobús por la ciudad y la visita a la plaza de España, para terminar de nuevo a las 9 de la noche en la estación de Camas, de donde partía un nuevo Talgo dirección Madrid, que nos devolvería a Chamartín, y de allí a la puerta del Instituto. Han pasado veinte años de aquel día, que no recuerdo fresco y que he tenido que consultar en viejos libros con anotaciones. Recuerdo al guía contándonos desde el autocar de qué país era éste o aquel pabellón, o mejor, las obras de construcción de esos pabellones. Recuerdo que entramos en el pabellón que después se incendiaría, y que vimos una proyección en 3D con unas gafas de cartón que aún conservo en una caja de zapatos. Recuerdo un Curro, lleno del aire que le generaba un ventilador interior, dándonos la bienvenida y haciendo aquellos aspavientos que nunca llegué a creer saludos. Recuerdo subir a la torre del Banesto, que giraba mientras ascendía y que después aparecería al final de Nadie conoce a nadie; recuerdo lo acogedora que me pareció la vista de Sevilla desde el aire. Y recuerdo lo imponente que me pareció la Plaza de España y lo majestuosa de su planta. Pero por encima de esos recuerdos permanecen dos sentimientos más. Primero una suposición: la creencia de que aquel día, en medio de tanta grúa, hormigonera y casco blanco, inconscientemente me enamoré de la construcción.  Y segundo una realidad, que son las tres personas que, después de pasar un día en Sevilla conmigo hace veinte años, aún hoy siguen a mi lado.

Éramos

Si alguien me hubiera preguntado en la nochevieja de 2000 dónde estaría el día en que terminara la década, quién sería o cómo sería mi vida por entonces y yo lo hubiera apuntado en un papel, hoy, al abrir el sobre, estaríamos ante el mayor fracaso de adivinación de la historia. Por suerte la vida se ha presentado completamente diferente e incluso mucho más interesante. Espero que sea igual dentro de otros diez años. O mejor. Feliz 2011 a todos!

Seis

Era el último domingo del año, un día 26 de diciembre, como hoy. Ya había hecho varias pruebas con plantillas pero antes de dar el paso quería averiguar para qué me iba a servir, qué me podría aportar. Finalmente, sin saber muy bien la respuesta para esta última pregunta me animé y le dí al botón publicar. Así apareció, en otra ubicación y con otro aspecto, la primera entrada de este blog, El piloto. Por entonces yo era un joven soltero que vivía en casa de sus padres, al que ya le picaba el gusanillo de la independencia, y que trabajaba en la primera constructora del país. Por delante me esperaba un año nuevo, 2005, lleno de retos profesionales y personales. Necesitaba algo nuevo, algo secreto y, de alguna forma, privado, donde desahogarme, expresarme, compartir o simplemente escribir. Ahora creo que la mayor parte de aquellas entradas fueron bastante tontas, insulsas y sin gran sentido, pero me amparaba en un cierto anonimato y en el convencimiento de que no me leía ni Perry. Seis años después, otro domingo 26 de diciembre, hoy, La Zona Mixta cumple seis años. En este período de tiempo no he sido capaz de dar sentido a aquella pregunta que me agobiaba por estar sin resolver; aún sigue sin estar resuelta, pero el tiempo me ha demostrado que signifique lo que signifique, este blog ya está unido a mí, de forma que existe si yo existo y es activo si yo lo soy. En los últimos dos años las entradas han sido más bien escasas, incluso con meses en blanco, algo que no había ocurrido nunca. Si mi vida no es mi vida, poco o nada de ella pueden aparecer aquí. Ya no tiene sentido seguir con él puesto que la vida real a la que estaba vinculado ya no existe como tal, ni como era entonces ni como esperaba que fuera ahora. Quizá el error ha sido aferrarme a algo que ya no existe; aunque aún no es tarde. Por delante viene otro año, 2011, que vuelve a estar lleno de retos personales y profesionales, todos distintos e insospechados hace seis años. Quizá no tiene sentido seguir pensando en este blog como lo que era o lo que fue, porque ya nada parece que vaya a volver a ser como antes. Quizá haya que redefinir todos los conceptos para que todo pueda ser útil. Me queda esa esperanza, ser capaz de integrarlo de nuevo en mi vida actual, o en mi nueva vida, la que venga, sea como sea. Nunca quise utilizar esto para contar penas, sino para que fuera mi mejor cara. Si no soy capaz de conseguirlo en el próximo año, este puede que sea nuestro último aniversario.

Calvo

Participo desde hace años como panelista de dos empresas. Con una de ellas me relaciono a través de un pequeño software que, instalado en mi equipo, proporciona datos acerca de mi navegación por internet; algo parecido a los audímetros que algunas personas tienen en sus casas y con las que se establecen las audiencias de la tele. No hago nada más. A cambio recibía mensualmente la revista El Mueble, que yo había elegido previamente, de un catálogo de publicaciones. Hace unos meses decidí cambiarla por la revista deViajes, y ahora recibo las dos. Con la segunda la relación es mucho más interactiva. Con una frecuencia variable recibo en mi correo encuestas sobre temas y productos, la gran mayoría, muy variados; incluso en alguna ocasión he visto y conocido productos antes incluso de que se pusieran a la venta, y en algunos casos el resultado de la encuesta ha debido ser tan sumamente malo que no se han llegado a  comercializar. Completarlas lleva una media de diez a quince minutos y a cambio genero puntos que puedo canjear por vales de descuento en algunos comercios o donaciones a ONGs. Una de las últimas que me ha llegado ha sido imposible completarla, ya que mis respuestas eran siempre del tipo “no”, “no uso” o similares…

72%

Si tuviera los ingresos brutos de María Dolores de Cospedal en un año (ojo, que yo no los quiero para toda la vida, sólo para un año) podría presentarme en mi oficina de la Kutxa y hacer la tan anhelada gracia de preguntar “cuánto se debe aquí?” Patricia echaría cuentas mientras que yo echaría un vistazo a la vajilla que regalan esta temporada por abrir un depósito y cuando me dijera lo que debo y pagara a tocateja aún me sobrarían casi dos mil euros para gastarme en huesos de santo en la pastelería de enfrente. Pero yo no soy María Dolores de Cospedal. Para empezar no tengo esa melena y a mi nadie me paga por inventarme historias frente a un micrófono de la Agencia EFE con la playa a mis espaldas, así que tendrá que ser en otra ocasión lo de pagar a tocateja. María Dolores se incluye siempre en la clase media sin darse cuenta de que un día salió de ella hacia las esferas superiores como otros salimos hacia las inferiores. Alguien de su entorno debería decírselo. O recordárselo. A mi me lo dirá y recordará, otra vez, Patricia, cuando me llame el viernes y me diga que sólo he pagado la mitad de la mensualidad de la hipoteca que debo. Cómo no van a ser nuestros bancos los mejores de Europa cuando, después de cinco años pagando una hipoteca te das cuenta de que, de los 66 mil euros que ya has pagado (y que suponen una cuarta parte del dinero que pediste y te dieron) sólo has amortizado 18 mil y el resto (el 72%; el 72%!!!) son intereses. Y aún así no hay dinero ni crédito. En qué han invertido los bancos ese 72% de más? Con las actuales Leyes sobre ejecuciones de hipotecas, en prever impagos masivos parece que no.

Smelly cat

Hace dos semanas vi un documental del Canal Historia titulado La vida sin nosotros, siguiendo mi tradición catastrófica. El supuesto de partida es que el hombre, como especie, desaparece por completo de la Tierra, se extingue, sin dejar rastro, como desaparecida en un truco de magia. Pero quedan el resto de especies animales y vegetales, así como toda aquella transformación de la naturaleza realizada por el hombre, ciudades, infraestructuras y demás. El documental llega a predecir que se borraría todo rastro de la civilización sin mantenimiento y debido a la erosión y el trabajo de los agentes atmosféricos. Eso, y que crecería vegetación en sitios ahora inimaginables. En este punto sobre el crecimiento de la vegetación, sobre el que ya he reparado en otras ocasiones, siento especial interés por una serie de plantas que conviven conmigo y a las que veo morir en invierno y resucitar en primavera, o simplemente crecer y avanzar, lo cual me hace sentir que cada día que pasa no es casual. Después de cuatro veranos he conseguido que cuatro ramitas raquíticas de enredadera lleguen a cubrir casi la totalidad del muro. Junio 2008 Abril 2009 Junio 2009 Diciembre 2009 Junio 2010 Al mirar por la ventana ya no veía ladrillo sino una maraña de ramas verdes. Y eso reconforta. Pero, para no variar, la perfección, la calma, no podía durar mucho. Este verano no ha habido visitas indeseables, al contrario, disfrutamos de una aparente tranquilidad gracias a unos gatos, del patio contiguo al muro verde. Los gatos primero maullaban a horas intempestivas, pero no era grave; después empezaron a asomarse sobre el remate del muro y a avanzar sobre él, arrojando al suelo dos macetas; finalmente, como me temía, uno de ellos se ha colado en el patio, le he descubierto por casualidad y en su afán apresurado por salir de allí se ha encaramado como ha podido al muro, dejando este rastro destructor: Sé que los gatos no pueden leerme, pero advierto: no sería el primero que me cargara… Alguien sabe como deshacerse de este pequeño inconveniente?

Volver a la vida

Me gustan las películas de catástrofes, de siempre. Hay gente a la que no le gustan porque cree que escribirlas, filmarlas o verlas llama a la desgracia, como si dejar de verlas fuera a evitar que una balsa de residuos corrosivos fuera a reventar enfangando media Hungría o evitara que los petroleros se partieran en dos frente a Galicia. A mi me gustan, quizá no tanto por el tipo de desgracia que ocurre (me tiran más los fenómenos naturales, los extraterrestres y las lluvias de meteoritos, menos frecuentes, gracias a Dios) sino por el supuesto comportamiento de la humanidad ante ellos. Y sobre todas las cosas, para alguien que se supone que trabaja viendo construir edificios, resulta interesante ver el comportamiento del Empire State ante un tsunami o un meteorito, una vez que la realidad nos demostró, para desgracia de todos, un excelente comportamiento de las Torres Gemelas. Ayer mientras desayunaba puse el 24horas y pensé que me había equivocado de canal. En la pantalla veía, como si fuera parte de Armageddon y con un frame muy bajo, una cápsula creada por la NASA en la que una serie de personas iban a salir de una cueva a seiscientos y pico metros por debajo de la rasante. Para mi, esa cota, con todos mis respetos para quien haya estado más abajo, ya es el centro de la Tierra. Cuando comenzaba el izado la realización mostraba la imagen de una cámara que filmaba el recorrido por el interior de un pilote encamisado de 54 centímetros de diámetro. Y después mostraba las poleas en las que el cable de acero se iba enrollando, convenientemente engrasado, haciendo mover, a su vez, un indicador triangular que mostraba los metros de cable recogidos, avanzando lentamente hasta una marca roja, momento en el cual desprotegían al cable de una de sus poleas para terminar de izar hasta la superficie esa misma cápsula, proveniente de aquella imagen inicial que más parecía una emisión vía satélite desde la Luna que desde allí debajo. Y de la cápsula salía ese mismo hombre que vimos entrar entrecortadamente, con su uniforme de minero, su casco y sus gafas, y se abrazaba a su mujer, a sus hijos, a los rescatadores y al Presidente, limpio e impoluto, tanto que parecía ser casi más un actor que realmente el Presidente habitual. Vi ocho o diez veces el proceso completo a lo largo del día y en todas ellas tuve la misma sensación de felicidad al terminar cada ciclo de cuarenta minutos, al ver las sonrisas de los que esperaban fuera, los abrazos y los gritos de alegría. Y a pocos minutos de las tres de la madrugada, hora de aquí, llegaba a la superficie el último de ellos, el líder, y con él se volvían a empañar los ojos de medio mundo y por mi mejilla resbalaban, ya sin ningún pudor, un par de lágrimas, que volvían a recordarme por qué me desvié de mi camino de periodista. Una historia, un ejemplo, de esperanza, de esfuerzo y de superación, que además acaba bien. Qué más se puede pedir?

Alter ego

Existe en el mercado una empresa de instalaciones hidráulicas cuyo Gerente comparte su nombre conmigo. Nos llamamos exactamente igual: nombre y apellido, primer apellido; como los nombres de pila americanos, sobre el papel somos la misma persona. Durante mis años de obra conocí su existencia, en una ocasión le pedí presupuesto e incluso llegué a hablar con él, saliendo de dudas sobre un hipotético parentesco. Cada vez que cambiaba de obra, de empresa o de puesto surgía la pregunta “tu padre es…?” a la que yo siempre contestaba “mi padre es mi padre y no quien crees”. Descolgaba la ropa seca del tendedero esta mañana cuando sonó el teléfono por primera vez. “Eugenio?” “No, te has equivocado”. “Perdona”. Ya tendía la ropa mojada de la nueva lavadora por colgar la segunda vez que sonó y supe de antemano que era la misma persona, otra vez. —Perdona, soy el que te ha llamado antes. Estoy llamando a una empresa de instalaciones? —No, te has confundido. —Es que este número estaba en la agenda del anterior comercial… —De cualquier forma, este es mi número personal. Mientras aceptaba sus disculpas y colgaba comencé a pensar en cómo estaría escrito mi nombre en esa agenda, si constaría mi nombre y apellido o sólo el apellido; o mi inicial con un punto detrás y después mi apellido o sólo mi nombre, con acento o sin él. Después amplié el pensamiento a otras agendas. En cuántas aparecerá mi nombre, en la hoja de la letra erre, con mi puesto o mi empresa o mi obra, las de entonces, anotadas entre paréntesis a continuación… Mientras pensaba en todas estas inquietudes y escribía mentalmente esta entrada me di cuenta de que si tres de los cuatro últimos libros que he leído no hubieran sido escritos por el magnífico Paul Auster, estas líneas y estas reflexiones nunca hubieran sido así.

El Molín

Creo que aún vivía en el hotel, en aquella habitación abuhardillada en la que todas las mañanas me despertaba (antes de que lo hiciera el despertador) con el ruido sonido de las gaviotas. Debió ser por entonces, una tarde, al finales del mes de agosto cuando me llevó allí. Me dijo que me gustaría el sitio y que nos tomaríamos unas sidras comiendo llámparas mirando el mar. Para un madrileño que apenas había salido de casa las llámparas eran un vocablo que no existía en el diccionario, pero la idea de mirar el mar me atraía bastante más. Salimos de la ciudad y enfilamos una carretera comarcal que a medida que avanzábamos se iba estrechando y cubriendo de eucaliptos. Y retorciendose una y otra vez. Ahí comenzaron mis dudas sobre si, al cruzarnos con un hipotético coche en sentido contrario, cabríamos los dos por una calzada tan estrecha y sinuosa, pero lo cierto es que las dos veces que se dió esa circunstancia, con el susto inicial incluido, cupimos. Todo para llegar a un claro, cerca del borde del acantilado y bajar unas escaleras. “Te va a gustar”. Si en lugar de llámparas hubieramos comido gominolas de ositos me hubieran sabido exactamente igual. No era lo que comías, era el sitio el que olía a sal, a mar, como aquellos bichos. No quise quedarme muy bien con la definición de lo que eran, unas lapas con concha que se adhieren a la roca para soportar la marea; no quería parecer paleto pero aquellos bichos no me acababan de convencer. Tampoco me disgustaron, porque no dejamos ninguna, pero no era la comida, era el sitio, el ambiente. Y la sidra. La sidra era lo que me tenía como un niño pequeño: escanciábamos sidra! La primera la puso el camarero, pero las siguientes fueron cosa nuestra. Ella se apañaba bastante bien, pero yo me estrenaba y trataba de cogerle el asunto al giro de muñeca y a la horizontalidad del cuello de la botella. La marea estaba en pleamar y nos  tenía casi encajonados en aquella terraza, mientras las olas batían una y otra vez. Al cabo de casi dos horas nos dimos cuenta de que era casi de noche y de que había que regresar a casa. Sin quererlo, en ese rinconcito del Cantábrico, nos habíamos contado casi todo lo que teníamos que contarnos, lo imprescindible, para saber que en los próximos meses, en los que trabajaríamos juntos, nos íbamos a llevar bien. El miércoles, una riada se tragó El Molín del Puerto. Y al ver las fotos me entristece pensar en no poder regresar a determinados sitios, aunque sea solo para evocar otros recuerdos.

40 de mayo

Llegué al Distrito C a las cuatro menos algo de la tarde. Llegué en el metro, después de un trasbordo desde el tren de cercanías. Vestía manga corta y aunque el sol, cuando aparecía, calentaba, el aire acondicionado del tren estaba un pelín alto. Como el del metro. Últimamente se me dan bien los plazos que me pongo y consigo ser puntual, incluso hasta darme diez minutos de margen. En esos diez minutos paseé desde la boca del metro hasta la puerta del edificio Este 3, donde me habían citado. Agradecía el calor de la superficie al salir del metro y la sombra de la marquesina que corona la sede de Telefónica, el mayor huerto solar sobre cubierta de Europa. Entramos al edificio y las cosas, tras el impacto inicial de la primera vez, volvieron a ser el tostón en el que se han convertido. Durante una hora y media, más o menos, permanecimos atentos a una presentación que podía haberse hecho en media hora. Los cristales de la fachada llevan un velo interior punteado, que evita la sensación de vértigo en las plantas altas y que difumina la visión enfocada desde dentro. Las luces estaban apagadas y los estores bajados, de forma que no era capaz de saber si el cielo que me parecía gris estaba efectivamente gris o los sucesivos tamices que mi vista encontraba en el camino lo hacían parecer así. No recordaba que estuviera tan feo. Pero lo estaba. Cuando salimos de aquella presentación y enfilamos hacia la terraza, para ver una vista de conjunto, nos encontramos con el diluvio universal. De repente parecía que la visita al complejo hubiera durado varios meses y hubiéramos salido de allí en el mes de octubre. Siguió lloviendo durante el resto de la visita y durante el trayecto de vuelta al metro. Seguía lloviendo cuando el tren salió del túnel y siguió haciéndolo hasta unos minutos antes de llegar a casa. Para cuando llegué, vestido de verano en pleno otoño, ya llevaba frío.

Indiferente

Parecía que el tren partía el cielo en dos. El lado izquierdo del sentido de la marcha presentaba un cielo tremendamente azul y unas nubes blancas y esponjosas, estáticas, mientras que por las ventanas de la derecha sólo se veía un cielo encapotado, gris, oscuro y amenazante. Me interesaba que fuera al revés, pero el destino es caprichoso. Tan ensimismado iba preguntándome cómo podía estar viendo dos cielos diferentes solo con girar la cabeza que no presté atención a la escena hasta que atravesamos un falso túnel y me quedé sin cielos. Me llamó la atención que se tapara la cara con una mano, cuyo codo apoyaba en el otro brazo. Había dos niñas, que supuse que eran sus hijas, porque el rizo del pelo tenía la misma curvatura en los tres casos. Las niñas iban a sus cosas: la más pequeña miraba por su ventana el encapotado cielo gris que su lado del tren nos ofrecía mientras que la mayor abría un cuaderno decorado con pegatinas de peces en el que había escrito a rotulador la palabra inglés. No parecía importarles, no daban trascendencia al hecho de que su madre estaba llorando. Les debía parecer normal, o quizás sabían los motivos de por qué lloraba o querían ignorarlos. No lo sé. La madre lloraba. Su cara estaba tapada parcialmente por la mano, pero lloraba. Lo supe por los gestos de la mandíbula, por los movimientos de los dedos pulgar y corazón de las sienes a los ojos, para secar las lágrimas que se le escapaban por los extremos de los párpados. Lloraba. Y yo no era capaz de dejar de mirarla. Trataba de mirar por mi ventana, que ahora solo mostraba un único cielo en el que el sol se colaba entre las nubes esponjosas dejando manchas de sombra sobre la panorámica de un Madrid cubierto por grandes nubarrones grises que descargaban cerca de mi destino, pero enseguida volvía a mirarla, tratando de no parecer indiscreto, de averiguar por qué lloraba, como si saberlo fuera a cambiar mi estado de ánimo o, mejor, el suyo. Como si saberlo me fuera a ayudar a volverme, como el resto, indiferente.